lunes, abril 11, 2005

Boda

Con ramo y arroz

Al Pollo lo vi muy contento. A su pareja, siendo sincero, ni lo conocía, pero lo vi feliz. Ambos uniformados en saco largo negro, parecían casi chambelanes. Pero no, no eran los acompañantes de una cursi quinceañera forrada de color rosa en un vestido de pastel, que bailaría con un fondo musical al estilo de Celine Dion entonando "My heart will go on". Eran más bien... el novio y el novio.
Fue una fresca noche de inicios de marzo de este año. Todo el día hizo un calor horroroso, Josué estaba de visita por Puebla. El clima bajó después de la hora cero y en la casa de Jossie, el ex novio del Pollo, se armó una sencilla ceremonia totalment donde contraería matrimonio con su más reciente galán, Enrique. Por la emoción de ambos no pude cruzar palabra con ninguno, bueno al Pollo lo felicité, le di su abrazo, le di el pésame y lo vi andar de un lado para otro. Pero a Jossie, que más que anfitrión parecía la madre de la novia, se le veía contento y orgulloso de cómo lucía el patio de su casa todo adornado para la party.
La recepción consistió en el sencillo juego de velas blancas con su fatua luz, pétalos esparcidos por el suelo, flores extravagantes en jarrones esféricos de vidrio y telas enredadas por los recovecos del patio para dar otro aire a la minúscula plancha de la Casa del Pavoreal.
La mayoría de los invitados iba decentemente vestidos. Yo ni sabía que era de gala el asunto. Debí haber llegado de traje para no desentonar. Pero la mayoría estaban más interesados en cómo se verían los novios, así que no me preocupé más. Me fui a sentar con Marco, Lia, Juan Carlos, Nadia y Josué y desde una esquina entre pétalos y flores fue que vi el sencillo show preparado para la noche. En una esquina había una mesa vacía que yo supuse para aquello de las viandas.
Había mucha expectación en los invitados. Entre ellos se armaba el sondeo de cómo sería el casorio, en qué términos legales quedarían, si habría algo distinto, incluso hubo quien supuso que se cometía un delito. Eso sí, todos los hombres ahí, bueno la mayoría, hacían un gesto de barrido a los nuevos especimenes que encontraban en el jolgorio. A mi me barrieron con la mirada más de dos veces, cosa que no me incomodó. Al que si vi algo consternado por cómo lo miraban era a Josué, mi mejor amigo del D.F. que me acompañaba. Eso del ambiente no se le da. Al baño no quiso ir sólo. “No lo fueran a ligar” decía.
Como en todos los casorios ocurre, la ceremonia empezó tarde. Los invitados continuaban llegando cuando el Pollo corría por una de sus amigas, creo que su nombre era Janet, que haría la cuestión “oficial”. Corrieron los interesados, los invitados nos sentamos, no faltó quien comenzó a viborear a la pareja, ambos uniformados, cosa que no se veía mal, creo que fue la mejor elección, llegué a preocuparme pensando que vería a uno de ellos en despliegue de sensualidad tipo Madonna en “Like a virgen”. Pero no, muy bien vestiditos, buen mozos los dos, con una mano del Pollo en la espalda de Enrique. Algo nerviosa Janet, comenzó, siempre dejando en claro que la cosa era simbólica. Siguió un sí acepto, de los novios, seguido por un jocoso “ni modo” de Jorge —como realmente se llama el Pollo—. Siguió el aplauso de los presentes. Y una banda detrás de los novios comenzó a tocar el “Ave maría” en versión rock gótico, la voz de la soprano a la que acompañaba la batería subía y bajaba en los tonos conocidos de la melodía. Mientras tanto, el primer beso como casados se daba entre Jorge y Enrique.
Yo pensé que cargarían al novio, o algo así, o que se haría la víbora de la mar, o ya de plano como le hacen en el norte, el baile del dólar, donde se pasa a pagar en efectivo por un echar el dancin’ con los recién casados. Pero no, aquí nomás hubo dos ramos aventados a los invitados, o bien la bola de hombres que les urge pareja formal.
De la boda además recuerdo que todo mundo corrió hacia el brunch que las amigas del Pollo organizaron, a diferencia de él, recuerdo más detalles. Recién que hable con el Pollo me contó que estaba tan preocupado con los detalles de la pachanga que ni cuenta se dio de quién llegó y quién no.
También me platicó que se hizo del modo más simbólico posible por el hecho de que aún, en nuestro país, y en nuestros estado, no se reconoce como tal la convivencia de dos hombres o dos mujeres en pareja. La ley de convivencias que el gobierno del Distrito Federal impulsó pues apenas y da resultados, según me cuenta Jorge, sólo en la capital, en los días 14 de febrero es que a veces se hacen esos trámites que a la luz pública no son bien vistos ni manejados como se debería.
Pero a mi mente, ya después de tres semanas del casorio, es que recordé un artículo de Enrique Serna —escritor de libros como Señorita México, El miedo a los animales y El seductor de la Patria— en la revista Nexos de febrero. En “Puritanismo en Sodoma”, el escritor iniciaba con una frase de Dolly Parton, aquella actriz y cantante norteamericana que decía: “Estoy a favor del matrimonio gay porque todos los seres humanos, cualquiera que sea su preferencia sexual, tienen derecho a ser miserables y desgraciados”.
En ese sentido, Serna explica las contradicciones del matrimonio gay. El necesitar de un patrón etiquetado impuesto por la misma sociedad en la que los homosexuales no confían por intolerante. Argumento muy válido.
No cuestiono al Pollo por casarse. Ni cuestiono a los que podrían señalar el acto como indigno de ser reconocido socialmente para dejar las actas y ceremonias simbólicas. Y no me cuestiono porque al fin y al cabo, el paso de vivir en pareja, de darlo a conocer públicamente, de llegar al cliché de vivieron felices ever after, es bronca de quien lo decide. Feliciades Pollo y mucha suerte. Por cierto, casi lloro en la boda.

1 comentario:

lata latoso dijo...

brillante la descripción del suceso, yo solamente he asistido a una ceremonia de ese tipo.

la verdad, es algo que yo haría para decir que quiero compartir mi vida con alguien, claro que yo quitaría el ramo, y no habría alguien que preguntara si aceptamos, lo que me gustaría sería que él y yo hiciéramos un brindis, y punto, pero nada del otro mundo